Emulando a este personaje histórico, en la lucha libre mexicana existe un rudo sin igual, de gran prosapia luchística, quien desde muy joven comenzó sus andanzas en el mundo de la lucha libre

¡Los rudos, los rudos, los rudos!
Botellita de Jerez / Guacarrock del Santo.

Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay hombres que luchan un año y son mejores; hay quienes luchan muchos años y son muy buenos; pero los hay quienes luchan todos los domingos, esos son los chidos.

La lucha libre mexicana es la tragicomedia nacional en calzones: rudos contra técnicos, exóticos contra prejuicios, árbitros ciegos que según sus filias también se suben al encordado y a veces hasta cambian de esquina en pleno round, como ciertos organismos electorales que todos conocemos...

El público, encabritado, avienta mentadas de madre por las trampas o por los fraudes electorales, según la temporada. Y en medio del caos, una verdad sagrada: todos quieren ver a alguien volar desde la tercera cuerda… aunque sea un político en horario familiar.

Quien haya ido a las luchas coincidirá que el pancracio no es sólo deporte: es terapia colectiva con llaves, sillazos y catarsis nacional.

Yo, de morro, quería integrar la Trinca Infernal: Don Pedro “El Perro” Aguayo, el casi desconocido Dardo Aguilar que según mis tiernos recuerdos era uno de los primeros que caminaba por las cuerdas y yo: La Chuleta Enmascarada. Sueños bien chaquetos, pero legítimos.

Y es que en este país hasta los niños fantasean con salvar el mundo con máscara y botas, mientras los adultos sobreviven parchándose la dignidad con cinta canela y resignación.

Antes de saber de luchadores, yo ya era fan de Kalimán… porque uno crece creyendo que los héroes tienen capa, cuando en realidad muchos traen ojeras, turnos dobles y un metro atascado encima.

Pedro Ortiz Villanueva, debutó en 1979 como Siki Ozama II. Pero el destino —ese guionista borracho y culero— le tenía otro guion. En 1981, en una lucha contra El Jalisco, un salto mal calculado lo mandó de cara contra el piso fuera del encordado. El golpe le hizo explotar el ojo derecho. Y ahí nació el mito. Porque en la lucha libre perder un ojo no significa retiro… significa héroe.

La cirugía le quitó el resto del ojo, pero le dio el parche. Y con el parche nació Pirata Morgan, a quien nombró el público como el Mejor Luchador del mundo, eso en 1984, aunque él ya venía navegando desde antes. Desde entonces, el parche no es ocultamiento: es bandera.

Mientras otros necesitan máscaras fluorescentes, capas espaciales o nombres que parecen juguete importado… Morgan sólo necesitó sobrevivir. Eso lo volvió más auténtico que medio Consejo de Lucha completo.

Porque en un país donde muchos políticos cierran un ojo —y el otro también— para no ver la realidad, Morgan perdió uno de verdad… y aun así veía más claro que todos ellos juntos.

No me considero así. El mote de ‘Mejor luchador del mundo‘ me lo pusieron en 1984 en un gran evento de lucha libre en la Arena México, fue el público quien así me nombró


Su parche tiene más credibilidad que muchas campañas electorales. Aquí la monocularidad no es tragedia: es barrio, resistencia y humor negro. Es seguir caminando, aunque la vida ya te haya metido un sillazo en la cara. Por eso la gente lo quiere: no es el héroe perfecto, es el sobreviviente.

En México no admiramos a los invencibles… admiramos a los que siguen parados, aunque ya vengan doblados, como el que se levanta a las 5 a chingarle o el que sobrevive al metro en hora pico sin perder el alma en el intento.

La arena luchística huele a cerveza, sudor, fritanga y sueños rotos. Y aun así uno entra feliz. Porque arriba del ring todo se vuelve simple: si te tumban, te levantas; si sangras, haces show; y si pierdes un ojo… te vuelves leyenda.

Yo solía soñar con crear la Trinca Infernal. Él soñó con ser luchador y terminó siendo Pirata Morgan. Parche, sudor y lágrimas, la verdadera epopeya mexicana.

Y uno entiende tarde la cosa, que aquí todos traemos nuestro parche invisible. Unos lo traen en el ojo, otros en la cartera, otros en el corazón bien remendado con cinta canela emocional.

Porque la vida no te pregunta si estás listo… te suelta la llave, te avienta a la lona y te dice: “órale, sorpréndeme” y a eso le sumas las pinches lenguas bífidas que te dicen ya no te levantes, ríndete, no vale la pena, y ahí estás: medio mareado, viendo borroso, tratando de levantarte con dignidad mientras el réferi ya va en la cuenta de ocho.

Pero te paras, no porque seas valiente… sino porque ya te dolió quedarte abajo y eso, la neta, es lo más mexicano que existe.

Así que sí… unos nacen con máscara, otros con parche, y otros con cara de “yo no quería venir, pero aquí ando”, pero todos, de alguna forma, terminamos en la misma función: la de aguantar el sillazo… y todavía pedir otra vuelta. Y si eso no es lucha libre… entonces ¿qué demonios estamos haciendo todos aquí?

Por eso vale recordar esa vieja rola de Botellita de Jerez, que nos lo dijo antes de que lo entendiéramos: que los héroes de verdad no vuelan, no traen rayos láser ni armaduras brillosas. Los chidos son otros. Son los que se levantan de madrugada, los que estiran la quincena como si fuera llave de lucha, los que se rifan el cuerpo y el alma todos los días, los que cruzan fronteras, hacen horas extra, buscan a los suyos, sobreviven la calle, el sistema y el cansancio.

Esos, además de los del pancracio… esos son los chidos.