En 2020, en la CDMX, el músico reclamó a un transeúnte que se había estacionado en un paso peatonal. La confrontación escaló a una agresión física brutal...
La elegancia en tu idioma
Deja tú la música… Perseverar en la vida en general. Nunca nos imaginamos a dónde llegaríamos, simplemente pasó, así que nos honramos con eso.
En este país uno puede perder muchas cosas: la dignidad en un karaoke, la cartera en el Metro Hidalgo, la fe en los políticos y hasta la estabilidad emocional escuchando rolas de Caifanes después de las once de la noche. Pero hay pérdidas que llegan distinto. Por ejemplo: un ojo.
Y sí, banda… aunque muchos no lo sepan, Sabo Romo, arquitecto del bajo sabroso y chamán honorario del rock chilango, perdió la vista del ojo izquierdo en un pleito vecinal tan mexicano que hasta dan ganas de mentarle la madre al universo.
No fue una batalla épica en un backstage lleno de cocaína y groupies encueradas. Nel. Fue algo todavía más peligroso: Pedirle a un imbécil que no estorbara la banqueta.
Porque en México puedes sobrevivir a un temblor, a una combi sin frenos y a unos tacos de cinco por veinte… pero jamás subestimes el poder destructivo de decirle a alguien: “vecino, está obstruyendo el paso peatonal”.

Me han pasado muchas cosas, tuve un ataque, perdí la vista del ojo izquierdo, mi vida estuvo en peligro… y me río, podría tirarme al drama, pero estar con estos grandes amigos; grandes maestros que son generosos y que además comparten su talento mientras tocamos juntos...
Y madres. La realidad soltó el putazo. Lo golpearon por la espalda mientras paseaba a sus perros.
Así de cobarde.
Así de triste.
Así de cotidiano.
Y de pronto el legendario músico descubrió algo que muchos monoculares conocemos perfectamente: La vida puede cambiar en ocho segundos. Ocho segundos y adiós profundidad, al cálculo de distancias, a la confianza automática en la calle.
Porque perder un ojo no te convierte en pirata interesante nomás porque sí. Primero te convierte en experto en pegarte con puertas de vidrio, calcular mal el café y desconfiar de cualquier hijo de la chingada que venga caminando detrás de ti.
Y aun así… sobrevives. Lo más loco del asunto es que “Perdí mi ojo de venado” ya existía desde muchos años antes. No manches.
Eso ya parece guion escrito por un dios marihuano fan del rock mexicano. Imagino al destino fumándose un Delicados sin filtro diciendo: “vas a ver qué cagado se va a poner esto en veinte años”.Porque la rola dejó de ser solamente poesía oscura de los noventa. Ahora también suena a cicatriz. Y quizá por eso esta historia me pega duro.
Porque los monoculares vivimos en un limbo raro. No estamos totalmente discapacitados para el mundo… pero tampoco volvemos a ser los mismos.
La banda cree que lo más difícil es no ver. ¡Error! Lo más difícil es que la gente te mire diferente. Hay quien cree que traes cara de villano de película de ficheras. Otros te ven con lástima. Y nunca falta el simpático que dice: “eh carnal, échale un ojo”.
¡Já, já, ja! Pinche Aristóteles del Oxxo.
.Pero también hay algo poderoso en sobrevivir roto. Porque cuando el mundo te quita profundidad física, empiezas a desarrollar otra: la humana. Aprendes quién sí está contigo. Quién se espanta. Quién se burla. Y quién te sigue mirando igual, aunque vengas parchado como protagonista de cómic de Tepito.
.Por eso cada vez que escucho a Caifanes, ya no sólo escucho nostalgia noventera y oscuridad poética. También escucho resistencia. La resistencia de seguir caminando, aunque el mundo ya no se vea completo. Porque al final, perder un ojo no necesariamente te quita visión.
.A veces sólo elimina las distracciones
.